
Ilustración: Andrés Silva
Muchos estarán de acuerdo en que es genial cuando puedes convertir tus pasiones y talento personal en tu fuente de ingresos. La buena noticia es que esa suposición es acertada, sin embargo no todo son rosas y margaritas. Una vez que decides hacer de tu hobbie una profesión, éste también se convierte en el origen de nuevas responsabilidades y problemas inevitables que debes estar dispuesto a enfrentar para sacar el mayor provecho posible.
Para los ilustradores la cosa no es distinta. Si quieres que tus dibujos salgan de tu croquera debes tener las agallas para enfrentar el camino que esa decisión conlleva; un camino que casi siempre comienza con errores y desaciertos; las mañas se adquieren con la experiencia y aún así no existe el profesional infalible.
Muchos ilustradores concuerdan en que uno de los aspectos más complicados en el inicio de sus carreras independientes fue el trato con quienes, al fin y al cabo, son los que hacen que esta disciplina sea sustentable como trabajo: los clientes. Para facilitarles un poco la tarea a quienes recién comienzan es que escribí estas líneas. Espero que les sea de provecho y, por supuesto, recuerden que de todas maneras las mejores lecciones provienen de la experiencia.
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