No tenemos una sección que se llame “Reflexiones”, pero este artículo se trata exactamente de eso. Es un asunto que he estado masticando desde hace un rato y que tiene que ver con las tendencias en el ejercicio de nuestra profesión. Se trata de cómo los colectivos de diseño han ido ocupando el lugar que tradicionalmente han ocupado las agencias de diseño, en el mercado nacional. Si bien los colectivos no son precisamente novedosos, este escenario que se está presentando con mayor frecuencia sí lo es. Pero a qué se debe, qué ventajas y desventajas tienen comparativamente.

Primero debemos definir el concepto “colectivo” al que nos referimos en esta ocasión en particular. Hablamos de agrupaciones de profesionales o aficionados
a una disciplina que se reúnen de manera no oficial (es decir sin constituirse como empresa) para ejercer una actividad relacionada en este caso con el diseño, el arte o la comunicación medial, con o sin fines de lucro. Digilicious, Diseño Emergente, Magentta, Inconciente Colectivo e incluso Revista Joia son algunos ejemplos de este tipo de organización, por nombrar solo algunos. En realidad si lo analizamos, nuestros cibervecinos más cercanos pertenecen a este modelo.

Mientras que la tradicional figura de “Agencia de Diseño” que consiste en una empresa formal, con fines de lucro, dedicada al rubro, empieza a desdibujarse desde la perspectiva del equipo humano que la compone, debido a situaciones como contratos inexistentes, remuneraciones no proporcionales al volumen de trabajo o nivel de lucro del proyecto (en el caso de los sueldos fijos), subcontratación de servicios o migraciones laborales permanentes entre agencias. Empresas tan emblemáticas como Diseñadores Asociados, Larrea o Walker hoy se disputan el mercado con competidores fantasma que no emiten facturas, no tienen una dirección física real ni se constituyen en un inmueble con fines comerciales.

Esta nueva modalidad de trabajo “freelance” debe su origen a varias razones. Entre ellas está la flexibilidad laboral, el acceso a tecnología e infraestructura semiprofesional o profesional a precios razonables, pero por sobre todo a un cambio de mentalidad que tal vez es generacional. La ubicuidad de los colectivos no tiene que ver solo con la tecnología que los sustenta, sino con el modelo de trabajo de quienes los componen. Por lo general se trata de equipos de personas que se conocen desde estudiantes o diseñadores principiantes que comparten intereses y tienen habilidades o conocimientos complementarios o afines. Muchas veces incluso se trata de personas que no han hecho una iniciación de actividades, por lo que ni siquiera boletean. Sin embargo no por eso se trata de aficionados ni de “hippies”. Se trata de personas que operan gracias a una red de contactos simbiótica y sinergética y una metodología basada en plazos y objetivos, en vez de horarios y tareas (Alvin Toffler lo explica muy extensamente en La Tercera Ola). Esto los libera de muchos lastres que acarrea una agencia establecida, pero a la vez los expone a muchas situaciones de incertidumbre propias de la condición freelance (sin duda el mayor “pero” de esta modalidad de trabajo).

Cuando un potencial cliente negocia con un diseñador freelance perteneciente a un colectivo, está viendo probablemente la punta de un iceberg que además es de un tamaño y forma variable. El diseñador que toma un encargo y lo “distribuye” entre integrantes de su colectivo debe ser la cara visible y el responsable ante su contraparte, más allá de cuántos diseñadores en realidad están involucrados y cuáles sean sus responsabilidades individuales dentro del encargo. Cuando se trata de recibir los laureles es muy reconfortante y lo justo sería que reconociera los méritos de sus compañeros frente al cliente y la vez transmitiera esos elogios a sus compañeros. Cuando es lo contrario, la cara visible debe soportar las críticas sin deslindar responsabilidades y más tarde “lavar la ropa sucia” en casa. De esa manera la unidad del colectivo se mantiene ante el cliente y las responsabilidades se canalizan de manera unívoca. Un colectivo corresponde a una organización horizontal donde la figura del jefe es reemplazada por la del responsable y donde las órdenes son sustituidas por compromisos; si nadie está obligado, nadie está contra su voluntad y voluntad es precisamente el aglutinante de un colectivo. Trastocar la estructura, los roles o los motivos que hacen funcionar a un colectivo puede ser muy nocivo, incluso fatal.

Hace unos renglones mencioné el “hippismo” que erróneamente suele ser el concepto asociado a los colectivos, pero para alejarse de esta figura, es necesario que un colectivo diferencie su existencia como ente de la participación de sus integrantes. En este aspecto se parece bastante al de una agencia, donde sus integrantes son pasajeros pero su identidad es permanente. Los colectivos muchas veces son pasajeros, momentáneos o circunstanciales, pero también son personas no naturales, si bien más efímeras, igualmente independientes de quienes les dan vida, eso puede permitir su sustentabilidad indefinida.

En el siguiente artículo que cierra esta reflexión, expondré algunas opiniones acerca de qué y cómo influyen ciertos factores para hacer que un colectivo sea un proyecto viable y funcional, siempre acotado al enfoque de organización con fines de lucro, por lo menos parcialmente. Espero esta primera parte sirva para meterlos en el tema, en caso que les interese formar un colectivo o que ya sean parte de uno y espero también sus opiniones o comentarios para enriquecer esta reflexión.

Un abrazo y arriba el Diseño!!!

Posteado por Oz |
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